Fonseca, de 51 años, fue durante décadas empleada de servicios generales en casas y empresas hasta que hace dos años se graduó como vigilante y empezó a trabajar en ello.
Es madre soltera de tres hijos y abuela de cuatro niños, con un quinto en camino.
Tras el incidente en el edificio Luz Marina, que incluyó una fuerte exposición mediática en medio de la indignación pública, desarrolló parálisis facial, temblor en las manos y un raro movimiento ocular involuntario que le pone los ojos blancos por unos segundos.
La conclusión de los médicos: trastorno de estrés post traumático.
«Fueron días de encierro, de impotencia, de saber que aquí en mi casa pasaban cosas y yo no podía estar», dice, entre llantos que interrumpen la entrevista en un cuarto decorado con peluches y fotos familiares. Lo que pasaba: su hijo es adicto a las drogas.
Dos miembros de la junta del edificio aseguraron que Edy no fue forzada a trabajar enferma, que fue «manipulada» por otros residentes y que, en lugar de retenerla, su trato hacia ella fue «solidario» y «compasivo».
El caso consternó a los colombianos: decenas hicieron plantones al frente del edificio en forma de protesta. La vida de los residentes, y es probable que el valor del inmueble, cambió. La historia de Edy tocó profundas fibras de una sociedad marcada por el clasismo y la violencia en la séptima economía más desigual del mundo, según el Banco Mundial.
Algunos expertos lo catalogaron «trata de personas»; otros, «secuestro». Pero ambas partes —incluidos los abogados de Edy, que hasta ahora no le han cobrado— coinciden en que no pudo haber sido así, porque ella tenía las llaves del edificio y pudo haberse ido cuando se sintió «encerrada».
Fuente: BBC.com
