Siempre en las mañanas, acostumbraba a levantarme y orar dando gracias a Dios por la nueva oportunidad laboral, siempre se sentía satisfacción paz y agradecimiento; no obstante, con el paso del tiempo, todo empezó a cambiar. Las noches ya no eran igual de placenteras, el descanso dejó de ser eso y, al levantarme en la mañana, me sentía igual o más cansada y ese “descanso”, no sucedía durante la noche. Todo lo que comía generaba malestar, la alimentación empezó a cambiar y a disminuir, lo que inevitablemente contribuía a la disminución de peso, “único factor positivo desde el punto de vista fitness”, pero con ello, también sucedía el aumento en la caída del cabello, continuos dolores de cabeza, un insomnio que no permitía volver a conciliar el sueño después de las 3 a.m., síntomas de malestar estomacal que normalmente suelen llamar colon irritable, término que está mal usado, pues según el médico colombiano Carlos Jaramillo, la manera correcta es intestino irritable.


Los anteriores síntomas, posteriormente generaban bajo rendimiento durante la jornada laboral por falta de un óptimo descanso y sensación de impaciencia o irritabilidad, frente a situaciones adversas que se presentaban en el transcurrir del día. Se acudía a medicamentos, pastillas y demás recursos tanto recomendados por el médico, e incluso algunos hasta automedicados, los cuales, generaban una sensación de bienestar o mejoría, pero siempre eran de carácter transitorio, pues nuevamente llegaban y cada vez se sentían con más intensidad al punto de disminuir las horas de sueño tan necesarias para nuestro cuerpo. Finalmente, al presentar síntomas más agudos y además una alergia en las manos que nunca había existido denominada dermatitis de contacto por el papel, la pregunta fue: ¿Qué me pasa?, ¿Por qué mi cuerpo no responde a los medicamentos tradicionales formulados por el médico de mi sistema de salud?, ¿Por qué con un alto nivel de cumplimiento de actividades mi cuerpo responde así?


Y… ¡voalá! por los azares del destino, me encuentro una conferencia de una importante escritora y médica psiquiatra española llamada Marian Rojas Estapé, quien llamó mi atención dado que me encontraba en ese momento, coordinando un programa de atención psiquiátrica mensual a los privados de la libertad con patologías mentales, confinados en las cárceles de 5 departamentos de Colombia, lo que generó mi interés; no obstante, dicha conferencia, llegó como bendición a darme un gran aprendizaje, pues en ella se abordaba el tema de la importancia del cerebro y cómo lo podíamos convertir en nuestro mejor aliado a través de la generación de cambios, nueva conciencia y la adquisición de hábitos a través del conocimiento de uno mismo.


Es así como pudimos llegar al punto clave de lo que sucedía en mi cuerpo y empecé a descubrir que mis familiares y hasta compañeros de trabajo, pasaban por situaciones similares, nuestro cuerpo estaba sufriendo las consecuencias de “intoxicación por cortisol”. Sí, exactamente cortisol, esa misma hormona que en términos médicos, es segregada por las glándulas suprarrenales de muchos mamíferos y que en nuestro caso, es llamada por muchos especialistas “la hormona de la supervivencia”, dado que esta se libera como respuesta en momentos de angustia o preocupación, lo que permite que corramos ante un eventual momento de peligro para movernos y proteger nuestra vida, y que es la misma que se libera como respuesta a altos niveles de estrés, que en mi caso particular, las estaba generando mi trabajo y ciertos temas personales que al no ser manejados de manera correcta desde el campo de la salud mental, generaban una somatización a nivel corporal.


Y es que el tema radica básicamente como lo manifestaba la Dra. Rojas Estapé, en que “el sensible se convierte en una persona vulnerable”, pues esos continuos picos emocionales que generan las preocupaciones, la celeridad en el ritmo de vida que hace que el individuo constantemente se sienta que en un momento está bien, luego está mal, luego angustiado, después vuelve a estar bien y así como una montaña rusa de pensamientos buenos y no tan buenos, hace que cada persona de acuerdo a su personalidad, tome el estrés de formas diferentes y al activarse la producción del cortisol, esto influye en su forma de actuar y afrontar las situaciones adversas de la vida.


Así, por ejemplo: el tímido, bajo factores de estrés se bloquea; el impulsivo, bajo factores de estrés se vuelve más agresivo; el inseguro, bajo factores de estrés es más obsesivo y entra en pensamientos bucle; el perfeccionista, cuando está estresado, tiene una sensación de insatisfacción vital porque nada está a la altura de lo que quiere.


Por todo lo anterior, podemos concluir que todos los seres humanos en mayor o menor medida vamos presentando pensamientos, sensaciones que nos pueden afectar a nivel físico, pues si nuestra mente está preocupada, intranquila e insegura, inevitablemente nuestro organismo se afectará y somatizará todas esas sensaciones; de ahí radica la importancia de aprender a entender nuestro cuerpo, pues cuando entendemos cómo es nuestra personalidad y cómo damos manejo a nuestra mente desde nuestros pensamientos optimistas, es mucho más fácil hacer frente a las situaciones inevitables de nuestra vida sin que ello nos angustie.


Adicionalmente, así lo afirman los mismo profesionales de la mente, debemos llevar una vida lo más “antiinflamatoria posible”, es decir, no permitir siempre ir por la vida con tanto estrés y tanta incertidumbre por el acelere en el estilo de vida actual, obligando a nuestro cuerpo a generar inflamación que genere cortisol como respuesta reactiva, sino por el contrario, aprender a meditar más, a tranquilizar más nuestra mente, manejo correcto del tiempo, el acercarnos más a esos seres queridos, a esas actividades sociales, recreativas e intelectuales y todo esto aunado a una alimentación balanceada, constantes pensamientos de afirmación positiva y un respeto por el hábito del sueño lejos de pantallas, indudablemente, esto nos generará el bienestar que nuestro cuerpo necesita. ¡Cuidarnos y amarnos más cada día es la clave!.

Por: Paola Bibiana Delgado Duque