A principios de noviembre, después de días de tiroteos, la policía haitiana por fin logró un triunfo: la liberación del puerto más grande del país, que durante dos meses había estado tomado por las bandas delictivas.

Pero, unos días después, cuando los miembros del equipo SWAT de Haití regresaron al barrio marginal que rodea al puerto, todavía no se sentían lo suficientemente seguros como para bajarse de su camión blindado.

La conclusión estaba clara: la policía sigue tratando de defenderse, pero las pandillas siguen controlando gran parte de Haití.

El magnicidio del presidente de Haití el año pasado desencadenó una nueva ola de terror en el país caribeño. Pero, en los últimos meses, las condiciones de vida en el país se han desplomado a nuevos niveles atroces porque las pandillas cometen actos de una violencia tan extrema que la carnicería en las calles ha sido comparada con una guerra civil.

Ahora, por temor a que la crisis humanitaria que azota a Haití pueda estimular la migración masiva hacia Estados Unidos y otros lugares, algunos altos funcionarios del gobierno de Joe Biden están presionando para enviar una fuerza armada multinacional al país, según afirman varios funcionarios y exfuncionarios, después de que el mes pasado el mismo gobierno haitiano hiciera un pedido parecido.

Pero Estados Unidos no quiere comprometer a sus tropas en esa estrategia, a pesar de que los funcionarios temen que el caos en Haití podría generar una ola aún mayor de refugiados hacia las costas estadounidenses.

La cantidad de haitianos interceptados por la Guardia Costera de EE. UU. en su intento de migrar a Estados Unidos ya se ha cuadriplicado desde el año pasado, y un número creciente navega en botes destartalados que muchas veces naufragan en las aguas turbulentas.

“Para el gobierno de Estados Unidos, la mayor pesadilla haitiana siempre ha sido un evento de migración masiva”, dijo Daniel Foote, quien se desempeñó como enviado especial de EE. UU. en Haití durante parte del año pasado. “Ya es algo posible: el próximo paso tendría tintes bíblicos, con personas cayéndose desde cualquier cosa que pueda flotar. No estamos tan lejos de eso”.

El mes pasado, el gobierno haitiano tomó la medida extrema de solicitar la intervención militar extranjera para frenar los disturbios que afectan al país. Fue un reconocimiento explícito de cuán desesperada se ha vuelto la inestabilidad en una nación que sigue profundamente resentida por las pasadas intervenciones extranjeras.

Aunque las fuerzas de paz de las Naciones Unidas estuvieron apostadas en Haití por última vez en 2010, llevaron el cólera al país, causando uno de los peores brotes de los tiempos modernos, según los científicos. Casi 10.000 haitianos murieron y el respeto por la ONU en Haití se “destruyó para siempre”, escribiría más tarde Ban Ki-moon, el secretario general de la organización en aquel momento.

Ahora, la gestión de Biden enfrenta la resistencia de diversos actores para reunir una fuerza multinacional, entre ellos los líderes militares estadounidenses que no quieren participar en una misión que requeriría una cantidad significativa de tiempo y recursos, afirmaron los funcionarios.

Una resolución respaldada por Estados Unidos que instó al despliegue de una “fuerza de acción rápida” en Haití se ha estancado en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero el gobierno sigue presionando a sus aliados para que las tropas lleguen a esa nación. A pesar de eso, los funcionarios dicen que esa fuerza no debería incluir tropas estadounidenses, argumentando que Haití sigue afectado por la larga historia de intervenciones desordenadas y, a veces, brutales de Estados Unidos en el país, lo que incluye una ocupación que duró casi dos décadas.

Por ahora, los haitianos lidian con varias catástrofes simultáneas, sin recibir mucha ayuda de su gobierno, ni de nadie más.

Biennaise Mesilas, de 64 años, estaba lavando ropa hace unos meses cuando un vecino le trajo a su hijo en una carretilla llena de sangre.

Su hijo de 24 años había estado vendiendo bolsas de agua en su ciudad natal, Cité Soleil, el barrio marginal más grande de la capital de Haití, cuando estalló un tiroteo y una bala perdida lo impactó por encima de un ojo.

“Cuando eso le sucedió a mi hijo, fue el final para mí”, dijo Mesilas.

No pudo llegar al cementerio debido a los constantes disparos. Así que cavó un hoyo cerca de su casa, una sepultura inadecuada porque el terreno estaba inundado por la temporada de lluvias, y tiró piedras sobre el ataúd para que se hundiera en la tierra. Poco después, Mesilas huyó de la zona.

“Si me hubiera quedado más tiempo en Cité Soleil, habría muerto”, dijo.

Se mudó a una plaza pública donde se ubicaron miles de personas desplazadas después de que en su barrio estalló una guerra entre pandillas en julio. Los niños, baleados mientras jugaban en las calles o cuando caminaban hacia sus casas, se recuperaron de sus heridas mientras dormían sobre cartones y la superficie de cemento.

Este mes, las autoridades expulsaron a todas esas personas del campamento improvisado, dejando a familias enteras vagando por las calles peligrosas mientras buscaban un refugio.

La agitación política ha producido varias olas de migración en los últimos años. Los haitianos se fueron en masa durante la dictadura de Jean Claude Duvalier, conocido como Baby Doc, quien gobernó de 1971 a 1986. En 1991, un golpe militar que derrocó a un presidente elegido democráticamente inició un éxodo de embarcaciones que transportaron a decenas de miles de personas hasta las costas de Florida.

Hay señales de que se avecina una nueva migración. Al otro lado de la frontera, en República Dominicana, el gobierno ha tomado medidas enérgicas contra los inmigrantes haitianos con tanta dureza que las autoridades estadounidenses dijeron recientemente que los estadounidenses de “piel más oscura” corren el riesgo de ser atacados.

Desde octubre de 2021 hasta septiembre de este año, más de 7000 haitianos fueron interceptados en el mar por la Guardia Costera de EE. UU., un gran incremento en comparación con los 1527 que se registraron en los 12 meses anteriores.

Sus travesías peligrosas son impulsadas por una constelación de horrores.

Por: Natalie Kitroeff