Mi abuelo nació el 11 de enero de 1932 en un pequeño pueblo del departamento del Risaralda llamado Guática, zona del occidente caldense, aunque toda su crianza fue en Anserma Caldas, terminó viviendo en Manizales; su llegada aquí tuvo primero sus estaciones, como él mismo me contaba, pues le tocó vivir un periodo muy corto en la capital del departamento de Antioquia (Medellín), donde el clima y los trabajos no le favorecieron mucho, forzándolo, junto con la familia, a moverse a la ciudad de Pereira. Allí, en una situación un poco más llevadera, empezó a construir una vida con matices complejos, lo que lo llevó a preguntarse, cuál sería la próxima movida con el fin de sacar adelante a sus seres queridos… esto, dadas algunas oportunidades laborales que le estaban ofreciendo en su momento, las cuales prometían que mejorarían sus condiciones económicas, decidió moverse una vez más a la que sería su ciudad hasta el día de su muerte, (Manizales).
Mi abuelo me contó que llegaron a la ciudad en la década de mil novecientos sesenta, en el mes más frío del calendario, noviembre, en medio de fuertes lluvias y fríos penetrantes que hoy en día ya no son tan extremos. Sin plata, llegaron a la “frontera”, ese era el nombre del sector para esa época, quedaba por la estación de los bomberos, pero para que se hagan una idea, es por el Parque Olaya o como se conoce hoy en día, «Parque del agua», a ese sector, así le llamaban, me faltaría un poco más de historia para saber el origen de su nombre, pero intuyo que es porque ahí empezaba la ciudad o terminaba, pues siempre que voy a un pueblo existe un barrio con ese mismo nombre y por lo general es el que te da la bienvenida o despedida; En fin, el tema es que me contaba mi abuelo lo complicado que fue para él y la familia su llegada a la ciudad, pues mi madre, tías y tíos estaban muy pequeños para estar de trasteo en trasteo y la adaptabilidad a la cultura, costumbres, clima, etc.
La noche de su llegada, tomó una plancha la cual era el único artilugio eléctrico de valor para empeñarlo y solventar así la estadía del primer día. Logrando superar ese primer impase con las dificultades que suscitaban, salió a buscar la supervivencia del segundo, por lo que se levantó muy temprano para contactarse con amigos y conocidos que tenía en su momento en la ciudad, con el fin de obtener un trabajo rápidamente, mientras eso sucedía se dedicó a comprar dulces a mayoristas para ir vendiéndoselos a tiendas minoristas.
En ese ir y venir por las calles de Manizales, notaba cómo la gente de aquí era elegante, pues su vestimenta era de traje de lana o paño con sombrero de copa, las mujeres igual, con trajes y sombreros de copas anchas, cabellos supremamente organizados, zapatos de tacón alto, movimientos sutiles y elegantes, igualmente los hombres, su vestimenta conjugaba con su etiqueta, amables, corteses y muy finos para hablar.
Me contaba que le tocó sacar el mejor repertorio de sus estudios, pues no quería ser el de menos, empezó a mejorar su aspecto para verse a la altura de tan fina sociedad, pero esto realmente le quedaba fácil de hacerlo, pues venía de familia culta, pero de pueblo, por lo que era cuestión de ajustar algunas tuercas y listo, con un poco de observación y práctica, sin duda alguna lograría adaptarse a esta comunidad.
La arquitectura colonial de Manizales le llamaba sorprendentemente la atención, pues eran calles muy hermosas, las edificaciones verdaderos palacios, con jardines en sus corredores que le hacían respirar a la ciudad de Alejandría, no porque la conociera, sino porque lo leía en sus libros de historia, los cuales eran sus favoritos, sus calles tan coloniales como si se anduviera en una fina calle de París, las casas eran cuidadas celosamente por sus propietarios y hasta por los mismos residentes, quienes las valoraban como exquisitas joyas de la ciudad, sus teatros, como el ya extinto Olympia, el cual recibía a tenores de talla mundial, que ni en la Capital de Colombia (Bogotá), se presentaban; eran tan hermosos los adornos dentro del recinto que se asemejaban a castillos del siglo XVIII, con finas artesanías tipo Baccarat, elegante, alfombrado, gran iluminación, paredes forradas con excelentes y finos detalles; me decía que era tan majestuoso el lugar que siempre fue un honor para los artistas presentar sus obras allí.
«La Chicago de Colombia», contaba mi abuelo que así le decían a Manizales, por ser tan civilizada, culta, increíblemente organizada y maravillosa comparada con el resto del país, tanto que hasta el actor Marlon Brandon, quien interpretó aquel icónico mafioso “El Padrino”, que quizá esta generación no reconozca, se atrevió a rodar una película en la Estación del tren en la hoy Universidad Autónoma, porque entre otras, para los que no sepan, tuvimos tren en esta montaña.
Cuando vino Marlon Brando fue tan importante para Manizales, que mi abuelo hizo parte de la multitud de curiosos que querían verlo, fue con mi madre y una tía a ver desde lejos el rodaje en vivo desde la Avenida Santander, ahí, por el puente de la carrera 23 con 36, por donde está ubicado hoy un concesionario, había una gran cantidad de espectadores en su momento para tratar de ver la icónica estrella de cine y reclamar por lo menos una elevadita de mano por parte del actor. Lamentablemente, para los curiosos, a esa distancia no lo vieron, o si lo hicieron, no lo reconocieron, lo importante es que todos los que estuvieron allí, cuentan que no importó ver al famoso actor, porque contaron con gran orgullo que: «por aquí pasó el gran Marlon Brando».
También decía el abuelo que era tanto el frío en esta ciudad que las calles parecían Londinenses, la gente andaba de gabán, sombrero y guantes forrados de piel de conejo, bastón o paraguas en medio de una neblina tan espesa que no se podía apreciar a más de 2 metros de distancia lo que se tenía al frente. Mi abuelo me hablaba de cómo era Manizales y no sé, si realmente era como lo contaba o si él estaba tan maravillado hasta con su frío clima, que así, con sus ojos verdes profundos la veía.
Todo esto me lo contaba caminando, yo a su lado, pasos cortos con largas pausas, haciendo varias estaciones para contarme todas estas historias en el recorrido, a veces al calor de un tinto, en otros parados en una esquina, señalándome a lo lejos, graficando con sus manos, delimitando la zona, intentando llevarme hasta el pasado para que imaginara lo que era y lo que es hoy. Lo que se ha construido y lo que han destruido.
Ahora camino solo, sin él y veo cada rincón de la ciudad, recordando una historia en ella, me enseñó a valorar la arquitectura y lo que él me contaba sobre ella, de la fuente que se importó desde Francia a “Los Fundadores”, del cable hasta Mariquita Tolima transportando café, de sus viajes en tren, de su vida y de lo enamorado y agradecido de haber vivido en Manizales. Mi abuelo me enseñó la riqueza de la ciudad, arquitectónica, cultural, gastronómica, el potencial de su gente culta.
Es por eso que, al pasar por las calles de esta ciudad sin él, me da nostalgia ver que todas esas riquezas siguen ahí, ocultas, pero sin el aprecio, el valor y el amor por ellas por parte de los que vivimos aquí, por una comunidad que no siente, no valora, no respeta, no recuerda, no sabe de su linda historia, de lo que era. Una ciudad que fue la más hermosa de Colombia, pujante, la que espiaba al mundo desde las alturas; es su historia lo suficientemente poderosa y hermosa para recordarnos a los que estamos aquí, que ahora le podemos devolver su brillo para sorprender a otros, tan solo hay que aprender a verla con los ojos de mi abuelo. Por: Lucas Velásquez R.
