El despliegue militar más grande de Estados Unidos en el Caribe desde la Guerra del Golfo ha encendido las alarmas en la región. Con el portaaviones USS Gerald Ford a la cabeza, la administración del presidente Donald Trump ha lanzado una ofensiva naval que incluye trece unidades, entre destructores, buques anfibios y un submarino, en una maniobra que apunta directamente a las costas venezolanas.

La campaña, justificada por Washington como una operación contra el narcotráfico, ha sido interpretada por analistas como una estrategia de presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro, a quien se acusa de vínculos con redes de narcotráfico. Sin embargo, el carácter sumario de los ataques a embarcaciones sospechosas y la magnitud del despliegue han generado preocupación en países como Colombia, que temen una escalada regional y una ruptura en los canales diplomáticos con EE.UU..

“La presencia de activos navales de esta envergadura no es simbólica. O se usan, o se reasignan”, advirtió el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), subrayando el potencial de confrontación directa.

Mientras Maduro refuerza su retórica de resistencia y denuncia una agresión imperial, gobiernos latinoamericanos observan con cautela el deterioro del diálogo hemisférico. La campaña en el Caribe no solo pone en entredicho el futuro político del mandatario venezolano, sino que también amenaza con redefinir el equilibrio geopolítico entre Washington y sus socios regionales.