La isla enfrenta una situación más compleja que la vivida durante el “período especial” tras la caída del bloque socialista. La crisis energética ha paralizado la producción agrícola e industrial, mientras el turismo, uno de los pilares económicos, se encuentra en caída libre. El gobierno de Miguel Díaz-Canel acusa a Estados Unidos de intensificar la presión política y económica, mientras Washington insiste en que La Habana debe llegar a un acuerdo “antes de que sea demasiado tarde”.
La tensión se agudizó tras el anuncio de que Cuba dejará de recibir petróleo y apoyo financiero de Venezuela, lo que ha profundizado los apagones y la escasez de productos básicos. Díaz-Canel respondió con firmeza a las advertencias de Donald Trump, asegurando que “nadie nos dicta qué hacer” y defendiendo la soberanía nacional. En paralelo, el deterioro de la sanidad pública se evidencia con el repunte de enfermedades como el dengue y la chikunguña, reflejando el impacto directo de la crisis en la población.
Más allá de la confrontación diplomática, el drama humano es palpable: familias enteras sobreviven con mercados desabastecidos, ancianos enfrentan la soledad tras el éxodo de jóvenes, y comunidades enteras viven bajo la incertidumbre de un futuro marcado por la precariedad.
La carta enviada por Cuba a la ONU y las respuestas de EE.UU. muestran que la disputa no es solo política, sino que se traduce en la vida diaria de millones de personas que esperan soluciones en medio de la adversidad.
